LA BANCA QUE NADIE QUISO DEJAR LIBRE. Dicen los más antiguos de los alrededores de la Plaza Constitución que hubo una banca que, durante varias semanas, provocó más discusiones silenciosas que una asamblea de vecinos y más preocupaciones que una final de los Tuzos.
Todo comenzó una mañana cualquiera.
Don Chano, antiguo minero de esos que aprendieron a leer las nubes para saber si venía viento o polvo, llegó temprano a la plaza como acostumbraba. Se sentó en una banca mirando hacialo lejos. acomodó su sombrero y se quedó observando a la gente pasar.
Nada extraordinario.
O al menos eso parecía.
Cerca del mediodía apareció El Chino, muchacho del Mercado Primero de Mayo que vendía frutas y verduras desde antes de terminar la secundaria. Como siempre, andaba cargando cajas, costales y preocupaciones que no correspondían a su edad.
—¿Qué hace, Don Chano?
—Descansando.
—¿Mucho trabajo?
—No. Ya me jubilé.
Y ahí terminó la conversación.
Porque en Pachuca hay personas capaces de sostener una amistad de veinte años hablando apenas tres minutos por semana.
Al día siguiente ocurrió algo curioso.
Don Chano volvió a la misma banca.
Y al siguiente también.
Y después también.
El Chino empezó a notar que el viejo jamás faltaba.
Llegaba a la misma hora.
Se sentaba en el mismo lugar.
Miraba el mismo punto de la plaza.
Y se iba exactamente cuando las campanas marcaban cierta hora.
Como era muchacho observador, pensó que debía existir una razón.
Pero en lugar de preguntar, hizo algo mucho más humano.
Empezó a imaginar.
Quizá Don Chano esperaba a alguien.
Quizá vigilaba algo.
Quizá estaba cuidando un recuerdo.
Una semana después decidió llegar antes.
Y encontró la banca vacía.
Entonces se sentó.
Nomás por curiosidad.
Lo extraño fue que al poco rato sintió que aquel sitio tenía una vista perfecta de toda la plaza.
Se veía el movimiento de los comercios.
Los niños corriendo.
Los vendedores ambulantes.
Los cerros a lo lejos.
Hasta el viento parecía pasar mejor por ahí.
Cuando Don Chano llegó, encontró ocupado su lugar.
No dijo nada.
Simplemente se quedó parado.
El Chino tampoco dijo nada.
Simplemente permaneció sentado.
Así estuvieron casi un minuto.
Dos generaciones completas sosteniendo una conversación muda.
Finalmente el muchacho se levantó.
—Siéntese, Don Chano.
—Gracias.
Y asunto terminado.
O eso creyeron.
Porque a partir de entonces ambos comenzaron a llegar cada vez más temprano.
Ninguno quería admitir que la banca le gustaba.
Ninguno quería preguntar por qué el otro la quería.
Y ninguno estaba dispuesto a perderla.
Aquello se convirtió en una competencia silenciosa.
Una competencia muy pachuqueña.
Nada de gritos.
Nada de pleitos.
Nada de desafíos.
Sólo despertadores cada vez más tempranos.
Primero fueron diez minutos.
Luego media hora.
Después una hora.
Hasta donde se sabe, hubo una ocasión en que El Chino llegó cuando apenas estaban abriendo algunas fondas.
Y otra en que Don Chano apareció antes de que terminara de aclarar el día.
Los comerciantes comenzaron a notar la situación.
Los boleros también.
Los policías de la plaza.
Los vendedores de periódicos.
Todos observaban aquel duelo absurdo.
Mientras tanto, ninguno de los dos explicaba nada.
Y como suele ocurrir cuando las personas callan, los demás llenan los espacios vacíos con sus propias conclusiones.
Pero la verdadera razón seguía escondida.
Pasaron casi tres semanas.
Hasta que una mañana especialmente ventosa, de esas que hacen recordar por qué a Pachuca le dicen como le dicen, una ráfaga levantó el sombrero de Don Chano.
El Chino corrió tras él.
Lo alcanzó cerca de una jardinera.
Y al regresar, ya sin competencia de por medio, preguntó por fin:
—Oiga, Don Chano... ¿por qué le gusta tanto esa banca?
El viejo se quedó pensando.
—Porque desde aquí veo el camino hacia la mina donde trabajó mi padre.
El muchacho guardó silencio.
Luego sonrió.
—Yo me siento porque desde aquí alcanzo a ver cuándo llega el camión que trae la fruta del mercado.
Se quedaron mirando.
Y ambos soltaron una carcajada.
Tres semanas madrugando.
Tres semanas compitiendo.
Tres semanas de cansancio.
Todo porque ninguno había hecho una pregunta de diez segundos.
Hoy que la gente publica cada pensamiento en redes sociales y consulta hasta a la inteligencia artificial para decidir qué desayunar, resulta curioso recordar que antes muchas complicaciones nacían por exactamente lo contrario: por no decir nada.
Cuenta la gente del centro que desde entonces compartieron la banca.
Don Chano llegaba primero algunos días.
El Chino otros.
Y cuando coincidían, se sentaban juntos mirando la plaza.
Uno pensando en el pasado.
El otro pensando en el trabajo de mañana.
Porque al final, aunque cambien los tiempos, los cerros sigan viendo crecer edificios y los celulares sustituyan muchas conversaciones, las personas siguen siendo iguales: a veces hablan demasiado y a veces demasiado poco.
Y quizá por eso aquella historia siguió contándose durante años.
No por la banca.
Sino porque todos conocían a alguien capaz de hacer exactamente lo mismo.
#Hidalgo #PachucaSomosTodos #Pachuca #LeyendasUrbanas
Todo comenzó una mañana cualquiera.
Don Chano, antiguo minero de esos que aprendieron a leer las nubes para saber si venía viento o polvo, llegó temprano a la plaza como acostumbraba. Se sentó en una banca mirando hacialo lejos. acomodó su sombrero y se quedó observando a la gente pasar.
Nada extraordinario.
O al menos eso parecía.
Cerca del mediodía apareció El Chino, muchacho del Mercado Primero de Mayo que vendía frutas y verduras desde antes de terminar la secundaria. Como siempre, andaba cargando cajas, costales y preocupaciones que no correspondían a su edad.
—¿Qué hace, Don Chano?
—Descansando.
—¿Mucho trabajo?
—No. Ya me jubilé.
Y ahí terminó la conversación.
Porque en Pachuca hay personas capaces de sostener una amistad de veinte años hablando apenas tres minutos por semana.
Al día siguiente ocurrió algo curioso.
Don Chano volvió a la misma banca.
Y al siguiente también.
Y después también.
El Chino empezó a notar que el viejo jamás faltaba.
Llegaba a la misma hora.
Se sentaba en el mismo lugar.
Miraba el mismo punto de la plaza.
Y se iba exactamente cuando las campanas marcaban cierta hora.
Como era muchacho observador, pensó que debía existir una razón.
Pero en lugar de preguntar, hizo algo mucho más humano.
Empezó a imaginar.
Quizá Don Chano esperaba a alguien.
Quizá vigilaba algo.
Quizá estaba cuidando un recuerdo.
Una semana después decidió llegar antes.
Y encontró la banca vacía.
Entonces se sentó.
Nomás por curiosidad.
Lo extraño fue que al poco rato sintió que aquel sitio tenía una vista perfecta de toda la plaza.
Se veía el movimiento de los comercios.
Los niños corriendo.
Los vendedores ambulantes.
Los cerros a lo lejos.
Hasta el viento parecía pasar mejor por ahí.
Cuando Don Chano llegó, encontró ocupado su lugar.
No dijo nada.
Simplemente se quedó parado.
El Chino tampoco dijo nada.
Simplemente permaneció sentado.
Así estuvieron casi un minuto.
Dos generaciones completas sosteniendo una conversación muda.
Finalmente el muchacho se levantó.
—Siéntese, Don Chano.
—Gracias.
Y asunto terminado.
O eso creyeron.
Porque a partir de entonces ambos comenzaron a llegar cada vez más temprano.
Ninguno quería admitir que la banca le gustaba.
Ninguno quería preguntar por qué el otro la quería.
Y ninguno estaba dispuesto a perderla.
Aquello se convirtió en una competencia silenciosa.
Una competencia muy pachuqueña.
Nada de gritos.
Nada de pleitos.
Nada de desafíos.
Sólo despertadores cada vez más tempranos.
Primero fueron diez minutos.
Luego media hora.
Después una hora.
Hasta donde se sabe, hubo una ocasión en que El Chino llegó cuando apenas estaban abriendo algunas fondas.
Y otra en que Don Chano apareció antes de que terminara de aclarar el día.
Los comerciantes comenzaron a notar la situación.
Los boleros también.
Los policías de la plaza.
Los vendedores de periódicos.
Todos observaban aquel duelo absurdo.
Mientras tanto, ninguno de los dos explicaba nada.
Y como suele ocurrir cuando las personas callan, los demás llenan los espacios vacíos con sus propias conclusiones.
Pero la verdadera razón seguía escondida.
Pasaron casi tres semanas.
Hasta que una mañana especialmente ventosa, de esas que hacen recordar por qué a Pachuca le dicen como le dicen, una ráfaga levantó el sombrero de Don Chano.
El Chino corrió tras él.
Lo alcanzó cerca de una jardinera.
Y al regresar, ya sin competencia de por medio, preguntó por fin:
—Oiga, Don Chano... ¿por qué le gusta tanto esa banca?
El viejo se quedó pensando.
—Porque desde aquí veo el camino hacia la mina donde trabajó mi padre.
El muchacho guardó silencio.
Luego sonrió.
—Yo me siento porque desde aquí alcanzo a ver cuándo llega el camión que trae la fruta del mercado.
Se quedaron mirando.
Y ambos soltaron una carcajada.
Tres semanas madrugando.
Tres semanas compitiendo.
Tres semanas de cansancio.
Todo porque ninguno había hecho una pregunta de diez segundos.
Hoy que la gente publica cada pensamiento en redes sociales y consulta hasta a la inteligencia artificial para decidir qué desayunar, resulta curioso recordar que antes muchas complicaciones nacían por exactamente lo contrario: por no decir nada.
Cuenta la gente del centro que desde entonces compartieron la banca.
Don Chano llegaba primero algunos días.
El Chino otros.
Y cuando coincidían, se sentaban juntos mirando la plaza.
Uno pensando en el pasado.
El otro pensando en el trabajo de mañana.
Porque al final, aunque cambien los tiempos, los cerros sigan viendo crecer edificios y los celulares sustituyan muchas conversaciones, las personas siguen siendo iguales: a veces hablan demasiado y a veces demasiado poco.
Y quizá por eso aquella historia siguió contándose durante años.
No por la banca.
Sino porque todos conocían a alguien capaz de hacer exactamente lo mismo.
#Hidalgo #PachucaSomosTodos #Pachuca #LeyendasUrbanas


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